lunes, 21 de julio de 2014

Sangre, metanfetamina y lágrimas



I met a traveller from an antique land
Who said: Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desert. Near them, on the sand,
Half sunk, a shattered visage lies, whose frown,
And wrinkled lip, and sneer of cold command,
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamped on these lifeless things,
The hand that mocked them and the heart that fed.
And on the pedestal these words appear:
"My name is Ozymandias, king of kings:
Look on my works, ye Mighty, and despair!"
Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal wreck, boundless and bare
The lone and level sands stretch far away

Cuenta la mitología griega que Zeus regaló a Pandora una ánfora y le dio claras instrucciones de jamás abrirla. Fue con el correr de los días, que la curiosidad fue apoderándose de Pandora hasta decidir por fin que vería lo que habría en su interior. La caja portaba todos los males del mundo, y estos fueron liberados a excepción de uno, el espíritu de la esperanza.
En la modernidad se suele usar esta historia como alegoría, aquellas decisiones irreversibles en las cuales creemos salir ilesos pero las consecuencias son catastróficas. Y no siempre por imprudencia, sino también por ambición. La sensación omnisciente de poder, un poder ficticio que es prestado, que no está pero que nos hace sentir invulnerables hasta que las fichas caen por su propio peso y el que abre la caja es embestido y salpica hacia todos los costados. Es el caso de Walter White.

Qué es capaz de hacer un hombre cuando se encuentra en una situación extrema? Cómo reacciona, qué medios emplea? Cuál es el límite de un hombre para escapar de las consecuencias? Hasta dónde es capaz de llegar?
Breaking Bad ha sostenido magistralmente durante 5 años estos interrogantes. Nos ha regalado una profunda y dolorosa metamorfosis de un hombre común que abrió la caja y ha esquivado con astucia y algo de suerte sus males por un tiempo. En el camino ha visto como su entorno se fue desmoronando, destruido o contaminado todo lo que lo rodea, sus seres queridos hechos añicos por la mano que intentaba protegerlos.

Walter White es el hombre que da muerte a sus fantasmas con vergüenza y profundo dolor, pero sin cobardía ni arrepentimiento. Es el que estuvo toda una vida dormido y le ha tocado ensuciarse las manos, pero no se detuvo ahí, se llenó de barro hasta el cuello. Y el atractivo del diablo es precisamente cuán lejos puede ir. El diablo es una máquina del engaño.

Nadie que haya estado cerca de él puede decir que salió ileso. Hank siempre tuvo la verdad en sus narices, y descubrirla le costó la vida, así como la de su compañero, dejando una viuda hecha pedazos. Su hijo lo admiraba, y terminó aborreciéndolo, deseándole la muerte. Mike, Gus, Víctor, Gale, todos los que han sido obstáculos en algún punto del negocio de las metanfetaminas fueron barridos por la mano del gran Heisenberg, el fantasma de Albuquerque al que todos conocen y temen pero no le han visto la cara. El hombre del producto azul, de extrema pureza inalcanzable.
Pero sin dudas los mayores damnificados han sido los más cercanos, las personas que el buen Walt más quería.

Skyler sostuvo hasta el final, una mujer fuerte que trató de alejarse cuando descubrió la ocupación de su esposo, pero no pudo. Aún en la ilegalidad le dio más oportunidades, pero Walter lo destruye todo, es una bomba de tiempo que se lleva consigo a los que deberían estar en el otro rincón del planeta.  Es el que toca la puerta para abrazar en las sombras. Él es el peligro.

En pasajes de Crimen y Castigo, Rodion se pregunta si él puede ser un Napeoleón, si es capaz de vivir sin mirar atrás, en un plano donde no hay atrocidades ni miedo, sino decisiones que tienen que ser tomadas para continuar con la empresa. Tarde descubre que no, que donde hay remordimientos no hay Napoléon, que el sólo preguntárselo desbarata la teoría. Pero Walter no pregunta, sigue y sabe que el final está siempre cerca, pero mejor esperar hasta otro día.

El personaje es complejo, me dicen muchos que lo bancan desde un comienzo, otros que no, lo cierto es que la transición de Ned Flanders a Tony Soprano es lenta, hay rasgos humanos en sus peores atrocidades y hay un Heisenberg en ciernes en el ámbito doméstico. El hombre es contradicción, es engaño para todos y para sí mismo. Es una lástima que Jesse lo haya descubierto tan tarde. Es quien más lo ha padecido, quien más se ha hundido por él, probablemente porque en sus mecanismos no había lugar para un monstruo, Pinkman veía al admirable químico que podía cocinar a un 99%.. No pudo matarlo, no pudo huir. No pudo. Su final es interesante, porque aunque libre y con vida, él ya estaba muerto desde hacía rato.

En el cruel y solitario desierto de New Mexico, la máquina de destrucción ha atravesado sus parajes. Ha dado rienda suelta al circuito de la muerte, donde su enfermedad y los motivos que lo disculpan están escondidos detrás de un hecho mucho más simple: Walter White lo hace por él, por nadie más. En el caos y la avaricia, el moribundo genio ha encontrado vida. La vida que toma a costa de otros, el motor que funciona con sangre ajena, que sólo se detiene cuando ya no hay otro lugar a dónde ir. En el final, Heisenberg encontró su tope, un rastro de humanidad volvió a parpadear, por una vez fueron los otros y no él. El héroe que debe morir para que otros puedan vivir.

Todos los males son liberados, pero en el fondo queda la esperanza. Me gusta pensar que esta no se desvaneció en el laboratorio luego del baño de sangre, sino que quedó algo de ella en su hija, su familia y Jesse, esos moribundos que son libres de vivir en paz, si es que pueden hacerlo.

En la mayor y descomunal tragedia que jamás haya visto la televisión, será difícil volver a ver otra historia con los mismos ojos, los standards ya no son los mismos. Habrá que intentarlo, pero Breaking Bad seguirá ahí, en la retina de todos, en la sensación del pecho hundido en el último tramo del relato. Sangre, metanfetamina y lágrimas infiere el final. El sol baja en el desierto, las luces se encienden, el tráfico apacigua. Se vuelven a escuchar los pájaros. El rey ha encontrado su ocaso.